Category: Tatuajes

“Tu problema es que piensas demasiado.” -Dijo-.

Hace un par de años platicaba con un gran amigo. Uno de esos amigos con los que no tienes que convivir frecuentemente. Uno de esos que sabes que saben quién eres y viceversa. El equivalente a cuando un par de perros se huelen el trasero y saben perfectamente qué comen, dónde duermen, qué les gusta, si son pacíficos o si tienen rabia.

Así más o menos podría definirse nuestra amistad. No hemos hecho algún viaje importante juntos, no nos llamamos seguido; De hecho, jamás nos hemos llamado para vernos. Simplemente nos encontramos en el bar de la ciudad esporádicamente, justo cuando nos tenemos que encontrar.

Así es un poco nuestra amistad, sin embargo sabemos cómo y en qué andamos. Él es pintor. Siempre lo he admirado y lo sabe, aunque jamás se lo diría así, tácito. Hay un lenguaje impermisible entre ambos. En fin. Un día platicábamos sobre tatuajes. (Él es una especie de Hemingway, pero en bonachón y pacifista -lo de pacifista lo supe cuando olí su trasero-.) Y tiene un puñado de tatuajes hechos por un amigo suyo. Como casi todos mis amigos.  Como casi todos los de mi generación, y la generación de arriba, y la generación de abajo, y dos más arriba y tres más abajo.

Sí, tiene tatuajes como todos, pero los suyos no se sienten tan a la mode como la mayoría de los que veo en brazos, antebrazos, tórax, ingles, falanges, codos u omóplatos de mis demás amigos. Éste tipo tiene personalidad. No se baña y tiene personalidad. Lleva años sin una mujer y tiene personalidad. Es un personaje arquetípico del bohemio, antes de que verse bohemio fuera trendy. Un tipo auténtico pues. De los que toman Ron porque les gusta el Ron -Sí, como a Hemingway-.

Entre rones y anís -ese lo tomo yo- charlábamos sobre el momento de decidir hacerte un tatuaje. Le conté que he estado en una sala de tatuado, con la idea hecha y demás, pero que me arrepentía justo antes de que la aguja se entinte y me marque de por vida. No por miedo al dolor, ni por el estigma social ni por alguna de esas estupideces. Le contaba que me parecía una tendencia más que un acto realmente espiritual, o estético, o ritual, o diferenciador, o personal. Para mí el cuerpo siempre ha sido espiritual, o estético, o ritual, o diferenciador. Ni se diga personal. Que en veinte años o menos todos estaremos tatuados y aquel realmente dispar será quien conserve su piel fuera de tintas.

Me imagino de pronto un futuro cercano en donde todos lleven el old school, maori, geométrico, pin-up, tribal, hiperrealista,o cualquiera de los estilos de moda, y veo una homogeneidad en lo que en principio fue un agente distintivo, que no sé si me gustaría llevar en mi. No ahora y no tampoco en ese momento.

Por otro lado, las veces que he estado apunto de pincharme, decido que no es la persona ni el momento adecuado. Noto al tatuador estresado o haciéndolo por mero negocio, sin pasión. Lo cuál rompe su función ritualista-metafísica-espiritual en la que concibo el momento. Así que mi órgano más extenso sigue intacto.

Reviso estilos, intento diseñar algo o le pido a alguno de mis 18 (o más) amigos diseñadores que me ayuden a diseñar algo. Pero simplemente nada me convence. Me parece o muy cliché, o muy ridículo, o cualquier otro adjetivo que sirva para decrecer mi impulso de ir, pagar, entintarme la piel, curarme, y llevar en mi piel un dibujo para siempre.

Después de varios rones con coca y anises, el bonachón toma lentamente un aire, acaricia su barba y poéticamente pronuncia:

-Tu problema es que piensas demasiado.

Y desde entonces me quedé pensando.

Advertisements